El carácter

Admiro a la gente que es capaz de conseguir las cosas con una sonrisa en los labios.

Son personas que consiguen cautivar a quienes las rodean por su carisma, su simpatía natural o su inteligencia.

Por desgracia, yo no detecto en mí ninguna de estas tres características.

Tampoco es que sea un gruñón y un tonto, pero la verdad es que no soy perita en dulce… ni tampoco es que muera por serlo.  Ya lo he dicho por activa y por pasiva que prefiero estar solo a mal acompañado y esa es una muestra de mi carácter.

De eso quería reflexionar esta semana: del carácter.

Hay gente que me rodea que -desde mi perspectiva- ha conseguido cosas valiosas con sus vidas, pero son personas que no les dan a sus logros la importancia que tienen.

Son personas inteligentes, pero que, por una u otra razón, son incapaces de ver con objetividad lo bueno de sus vidas y entran en una especie de depresión que los paraliza y los lleva a pensar cosas extrañas.

Los seres humanos somos muy particulares y lo que para unos es admirable para otros es detestable.

Creo que se trata de una cuestión de carácter.

No me considero una persona con un carácter fuerte, aunque no tengo ningún problema en hablar fuerte con quien sea cuando veo que una cosa no está bien.

Me molesta que la gente no sea formal o haga las cosas mal, cuando es más fácil hacerlas bien desde el principio. Lo peor es cuando se trata de personas en quienes dependes, sobre todo por cuestiones de trabajo.

Pero también sé que yo me porto siempre bien y no tengo ningún problema en pedir perdón (y lo hago de corazón).

El carácter se puede entender como saltar ante cualquier situación o poder sobreponerte a las cosas que te agobian.

Yo me inclino por lo segundo con un poco de lo primero.

Hay que ser lo suficientemente inteligente para saltar cuando sea necesario (ni una vez más ni una vez menos), pero también saber cuando hay cosas que debemos superar porque son hechos consumados que están más allá de nuestras capacidades (físicas, económicas, personales…).

Creo que salir de tu país te genera un carácter distinto, más fuerte, pero también más flexible.

Te ves a ti mismo en una situación de cierta indefensión y muchas veces no puedes sostenerte de nada ni de nadie, así que tienes que sacar la casta (o el carácter), tragar saliva, respirar hondo y tirar para adelante.

No hay mejor psicólogo que uno mismo.

Hay que buscar dentro de uno para encontrar la fuerza para seguir adelante en los momentos de mayor indecisión, tristeza o indefensión.

Puedes ser un jugador de equipo, tener una familia que te apoya o dinero para salir del bache, pero a veces ni siquiera así se es capaz de escapar de la depresión.

Creo que es cuestión de carácter.

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