El amor ante mis ojos

Un par de veces he visto a parejas haciendo el amor ante mis ojos.

No se trataba del clásico juego de manos, ni de besos profundos y húmedos, ni siquiera de toqueteos íntimos en donde la piel era un espacio para inventar un camino para pasearse y no volver. No hubo desnudez, ni falta hacía.

Pero han sido experiencias exuberantes, llenas de sensualidad, plenitud y alegría.

Una ocasión fue en la universidad. Tenía un profesor malísimo, cuyas clases eran caóticas y absurdas, una auténtica pérdida de tiempo. Un profesor medio calvo y regordete que cantaba boleros como forma de implorar atención de sus alumnos.

Como aprendía lo mismo estando dentro como fuera del aula, rara vez permanecía una clase completa. Fue en una de estas ocasiones en que aquello ocurrió.

Ella era una compañera con ascendencia oriental. Llamaba la atención por la combinación de su altura y sus ojos rasgados. Su voz grave delataba su presencia ahí donde pasara. Era divertida, aunque algunas veces no parara quieta y eso me desesperara. No éramos amigos precisamente (de hecho, no recuerdo ahora su nombre), pero ese día estaba sola en el patio y, por algún motivo, me acerqué a ella y comenzamos a hablar sobre distintas cosas hasta que tocamos un tema sobre el que no he vuelto a comentar con nadie.

– Un orgasmo puede sentirse en diferentes niveles – dijo.

– ¿Cuántos? – pregunté.

– Creo que 7. Pero si llegas al séptimo puedes morir.

– ¿Morir de placer?

– No exactamente. Se trata de un estado de excitación tan intenso que es seguido por uno de relajación total, semejante a estar muerto.

– Pero no mueres, ¿no?

– Es posible, pero hay que intentarlo. No llegas por casualidad y una vez ahí tienes que continuar. Sería como un tipo de suicidio.

– ¿Cómo?

– Hay técnicas para aumentar el goce. La gente normalmente alcanza el 2 ó el 3. Si son buenos y se ponen a ello pueden conseguir el 4 ó hasta el 5, aunque es raro.

– Estoy intrigado.

– Se trata de una técnica oriental. Mi madre me ha dicho que gracias a ésta ha conseguido seguir enamorada de mi padre durante tanto tiempo.

– Una buena forma para ser fiel.

– Pero también una tentación muy grande.

– Explícate.

– No todo es técnica. Por supuesto que ésta ayuda, pero si la pareja no consigue avanzar de nivel puede ser muy frustrante para uno de los dos.

– Además que puedes ponerla en práctica con otras personas.

– Exacto. Pero no es algo con lo que puedas jugar. Una persona puede obsesionarse contigo si la haces llegar a un nivel alto. Me ha pasado alguna vez y te digo que no es algo agradable. Incluso puede ser hasta peligroso.

– ¿Tanto así?

– Un tipo al que hice llegar al nivel 4 me persiguió durante casi 2 años. Me pidió que me casara con él. Le dije que no y terminé la relación. Entonces comenzó a hostigarme. Me espiaba, me seguía a todas partes, se acercaba a mí en los momentos menos oportunos para rogarme que volviéramos. Me llamaba a altas horas de la noche con lágrimas en los ojos y otras insultándome. Le pidió a sus padres que hablaran con los míos para intentar convencerme. Dejó de estudiar y perdió su trabajo.

– ¿Y qué pasó?

– Que un día apareció en una actitud amenazante y D. le dio una paliza tremenda.

– ¿D.?

D. no estudiaba en la universidad. Al parecer tenía algún negocio o era de familia acomodada y no estudiaba. Era un chico rubio que imponía respeto entre los chicos y que enamoraba a las chicas. Hable un par de veces con él y me pareció un tipo agradable, inteligente y sensible. Tenía un problema y es que podía comportarse de manera violenta y era imposible controlarlo.

Una vez lo vi pelear contra un tipo más alto, más fuerte y más hábil que él. El tipo lo golpeó a placer. Lo tiró al suelo varias veces. Le hizo heridas por todo el rostro. Pero D. siempre se levantaba y buscaba a su contrincante con más furia. El tipo comenzó a preocuparse cuando se dio cuenta que a D. no le pararían sus golpes. Su rostro cambió y comenzó a traslucir preocupación, cansancio y, finalmente, miedo. De no haber sido por mi compañera no se puede saber cómo hubiera terminado aquello.

D. terminó en el hospital y su contrincante un poco magullado, pero no volvió a ser el mismo. Le invadía un auténtico terror cuando veía a D. por los pasillos. Se escondía y pedía a la gente que no lo dejaran solo. Al final, D. tuvo que hablar con él para tranquilizarlo. Todo esto lo supe después y entonces entendí a mi compañera.

– No creo que conozcas a D. No está matriculado en la universidad. – puntualizó mi compañera.

– No sé quién es. – respondí.

– Justo viene por ahí.

Entonces sucedió. Mi compañera se transformó por completo. Sus mejillas y su frente se alisaron, con un ademán recogió el flequillo que le ocultaba medio rostro, abrió un poco la boca para coger aire, enderezó la postura mientras que sus brazos y piernas se ponían ligeramente tensos. Tragó saliva y sus ojos buscaron la mirada de D.

Sin haberlo visto antes en mi vida, reconocí entre la multitud a D. Caminaba tranquilo, pero sus pasos no dejaban lugar a dudas de a dónde se dirigían. Parecía que iba a atravesar la pared para llegar hasta donde estaba mi compañera. No dejó de mirarla ni un segundo y no fue sino hasta que estaba a un par de metros de nosotros que descubrió que no estaba sola.

Ese cruce de miradas. Esa transformación física de mi compañera. Esa concentración absoluta en el otro. La intensidad de algo más que un sentimiento, mucho más que la mera atracción física, desbordó el ambiente por unos momentos. Ocurrió en una dimensión de intimidad absoluta a la que, sin saber cómo, tuve acceso como un invitado a un festín de sensualidad, deseo y amor.

Creo que yo también reaccioné de alguna manera, aunque no puedo estar seguro. D. y mi compañera se saludaron intentando fingir desinterés. No se tocaron y sus ojos apenas se buscaban. Pero el ambiente seguía cargado de energía y una cierta electricidad puramente sexual.

D. me saludó. Fue simpático, pero sabía que hubiera deseado que no estuviera ahí. Estuvo hablando un par de minutos y se despidió cortesmente. Cuando giró para alejarse, pude sentir la atracción que provocó que mi compañera amagara con seguirlo.

Aquella escena duró apenas unos minutos, pero tanto mi compañera como yo quedamos exhaustos y sin saber qué decir durante un rato. Al final, pude atinar a romper el silencio.

– Con el llegaste al 7, ¿verdad?

– Sí, y él también lo alcanzó. D. se desmayó y cuando volvió en sí, yo continuaba inconsciente. Intentó despertarme, pero no lo conseguía. Comenzó a preocuparse. Me echó agua fría a la cara, me dio un par de cachetes en el rostro. No despertaba. Me metió a la ducha. Seguía en shock. No sabía qué hacer. Comenzó a llorar de desesperación. Me cubrió con una sábana y me cogió en brazos con la intención de llevarme a un hospital. El apenas se puso un pantalón con nada debajo. Salió tan rápido que casi atropella a unas personas que estaban cruzando la calle. El cielo estaba nublado y comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. De repente un rayo iluminó el cielo y, unos instantes después, el trueno resonó con gran fuerza. Entonces reaccioné y aspiré con todas mis fuerzas. Había vuelto casi 40 minutos después de haber alcanzado el orgasmo de mi vida. Todo esto me lo contó él después para explicarme por qué no podía seguir conmigo.

– Sería peligroso, podríamos morir. – le dijo D.

Mi compañera y yo no éramos amigos exactamente y tanto nuestra charla como aquella escena me cogieron compleamente por sorpresa. Después de esa ocasión, ya no volvimos a hablar sobre el tema y ni siquiera comentamos nada más a solas.

Un par de años más tarde, supe que ella se había casado con otra persona y que se había mudado a otra ciudad. A D. le perdí la pista por completo.

Pasaron los años y sólo me acordé de todo esto cuando hablé con un antiguo compañero y me contó que D. había ido a buscar a mi compañera. Durante meses no se supo nada de ellos. Desaparecieron y nadie, ni el esposo de mi compañera ni los padres de D., tuvieron noticias de esta particular pareja.

Un día, mi compañera volvió a su casa. Su esposo la amaba y la perdonó. En cuestión de una semana, se mudaron de casa y no dijeron a nadie a dónde se iban. De D. no se supo más.

Aunque algunas veces pienso que fue una idea mía producto de lo que estaba hablando con mi compañera, no puedo sino pensar en que aquello que presencié fue otra manera de hacer el amor. Algo nada virtual, un encuentro real lleno de sensualidad y deseo, aunque sin piel ni humedad. Sin cuerpo ni locura, con apenas un resuello y el corazón palpitando.

Por alguna razón estuve ahí. Por algún motivo entré a su intimidad. Fue real y aún hoy lo recuerdo al detalle.

Quizás en otra ocasión cuente la segunda vez que vi el amor ante mis ojos.

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