Algunas veces la vida te da un pequeño empujón para llevarte a donde has querido ir, pero o no podías o no te atrevías a ir.
A mí me ha pasado algunas veces y en otras he sido yo el que ha tomado la iniciativa y la decisión para cambiar.
En ambos casos, tanto cuando te dan un pequeño empujón como cuando eres tú quien toma la decisión hay varios momentos de sentimientos encontrados: ilusión ante la oportunidad que se abre, miedo ante la posibilidad de fallar…
Es verdad que la cabeza te da vueltas con un montón de pensamientos; es algo físico que también se puede sentir en el resto del cuerpo. Pero hay que ponerse en marcha…
Ponerse una serie de criterios para conseguir lo que uno quiere y de metas intermedias para ver el avance de los planes. Ser exigente, feroz con uno mismo, pero también saber cuándo ser flexible y dar un respiro para que las cosas vayan tomando su lugar.
Porque el pequeño empujón puede ser una fuerza que rompa la inercia y nos impulse a donde realmente tendríamos que llegar… o una fuerza que nos arrase si no comprendemos su nobleza y nos negamos a aprovecharla.