Una de las ventajas (y desventajas) de la soltería reside en la capacidad del corazón para volver a sentir el encanto del enamoramiento.
Algunas veces pasa mucho (demasiado) tiempo sin que el corazón dé señales de vida.
En mi caso, su lugar lo ocupa la “razón”, es decir, la productividad. Trabajo, trabajo, trabajo.
No me considero un workaholic, pero sí una persona que aprovecha cualquier momento para hacer o para conseguir que ocurran cosas.
Estando con gente que quieres, ya sea familia, amigos o una pareja, tienes que dedicarles mucho tiempo y muchas veces se trata de horas para ponerse de acuerdo, esperar, etc. Tiempo “improductivo”, pero necesario para convivir.
Pero volviendo a enamorarse…
A mí me sucedía mucho antes. Me explico: de niño me enamoraba de todas las niñas de mi escuela. Todas las semanas me declaraba a una diferente. Las que me decían que sí me dejaban a la semana y eso me daba pauta para poder estar con la siguiente. Aquello era amor, aunque no pasábamos de un abrazo o un besito de nada. Cosas de niños, sí, pero me enamoraba de verdad.
Luego me dijo una amiga que estudiaba psicología que era porque yo estaba necesitado de amor y por eso lo buscaba con insistencia.
Quizás tenía razón en algún momento, pero estando con mi madre y con mis amigos me daba cuenta de que he tenido suerte y siempre he sido querido. Incluso, tuve una temporada en que las cosas sucedían al reves, que las chicas se enamoraban de mí y yo ni cuenta.
En fin, que enamorarse tiene mucho de físico, de absurdo, de esperanzas, de mental…
Me encanta sentirme invadido por este calorcillo que ocupa mi pecho sabiendo que ella está en algún lugar. Sentir despertar mi sexo cuando estoy cerca de la persona amada. Pensar en un posible futuro con ella.
En los últimos meses me he enamorado. En ningún caso se ha tratado de nada profundo (por el momento) y sólo en uno hemos llegado a las manos
En ambos casos he estado dispuesto a hacer lo que hiciera falta para que aquel atisbo de nada se convirtiera en algo real, serio y con futuro.
Sin embargo, ya se sabe, en el amor la voluntad de uno no es suficiente, tienen que haber una coincidencia de los dos.
Otra amiga, más cercana que la que estudiaba psicología, me dijo que a mí me gustaba enamorarme de chicas problemáticas… y eso yo le añado que me enamoro de chicas cuya situación es problemática.
Ahora que estoy en España he estado con chicas de varios países, menos de España, que sería lo suyo y lo más “fácil”.
Me digo que cuando me enamoro soy muy entregado, quizás para justificarme ante mis conquistas difíciles.
Incluso hubo una vez en que crucé el Atlántico siguiendo a una mujer… y la conseguí.
Es evidente que la cosa no funcionó, pero sigo insistiendo en enamorarme de las chicas que viven a miles de kilómetros… Y es que son las que me hacen caso.
Es cierto que el amor puede sobrevivir a la distancia. Es un gran esfuerzo, pero es posible.
Recuerdo que a un escritor francés su mujer le escribía cartas pornográficas para que se masturbara y así evitar que acabara frecuentando a prostitutas para saciar sus instintos.
De esta manera, no sólo evitaba la infidelidad, sino también posibles enfermedades venéreas.
Cuando tuve esa relación a distancia hacíamos cibersexo. Es decir, chateábamos mientras nos tocábamos.
Resultaba curioso y excitante, pero también un poco extraño.
D. me dijo que era un poco kinky (no sé si así se escribe). Se refería a algunos gustos en el ámbito sexual. No es que yo los vea como algo tan extraño, sobre todo cuando era ella quien más lo disfrutaba.
En fin, que tamaños orgasmos que alcanzaba gracias a mi kinkinés
Pero estaba hablando de enamorarse…
No me importa enamorarme, porque es un signo de que sigo vivo, de que mi corazón sigue latiendo, de que mi sexo aún tiene que dar y recibir placer, que aún puedo tener esperanzas y sueños de que sí, de que efectivamente, hay alguien por ahí, no sé aún dónde, pero que está ahí para mí, para enamorarse también de mí.
Alguien…
Etiquetas: Enamorarse