Archivo de Febrero 2008

Enamorarse nuevamente: la salidera

Febrero 24, 2008

Llevo un periodo, bastante largo ya, de soltería.

Durante este tiempo he salido con -sin exagerar- hasta 15 mujeres distintas.

Con algunas me la he pasado mejor que con otras, pero lo que me resulta muy curioso es la manera en cómo abordamos la primera cita.

A mí me gusta prepararme y, al principio, me tomaba las cosas muy en serio. No es que ahora le dé menos importancia a salir por primera vez con una chica, lo que pasa es que ahora he aprendido a relajarme y disfrutar del momento sin mayores expectativas.

Y he salido con todo tipo de mujeres: con hijos, de religiones distintas a la mía, mayores que yo, más jóvenes que yo, de mi misma edad, divorciadas, solteras, conservadoras, liberales…

Hay las que no beben ni una gota de alcohol, las que han probado las drogas, las que se ponen extremadamente nerviosas, las que son bordes desde el principio, las que hacen todo lo posible por que pasemos un buen rato, las que hablan sin parar sobre sus antiguas relaciones…

No me considero una persona experimentada en esto de las relaciones, pero algo sé y éstas son algunas conclusiones completamente personales:

  • Las españolas tienen la guardia más alta que las chicas de otras nacionalidades (Inglaterra, Venezuela, Panamá, México…)
  • A estas alturas (treintas) todas muestran quizás demasiado interés por el dinero
  • Todas (sin excepción) lanzan globos sonda desde la primera cita (mencionan temas como hijos, dinero, antiguas relaciones, etc.)
  • A todas les gusta sentirse cortejadas, pero cada una tiene un código secreto que muchas veces es imposible descubrir (sobre todo entre las españolas)
  • A algunas les gusta dar largas (gallinitas, les llamo yo -porque saben calentar muy bien los huevos-)
  • Cuando uno deja de mostrar interés TODAS reaccionan buscando nuevamente al chico que le hacía la corte (en este caso a mí), pero sólo para mantener el status quo, no porque busquen pasar a la siguiente fase
  • Parece -por lo que ellas mismas me han contado- que les gustan los “chicos malos”. (Esta es la parte que menos entiendo: las tratan mal y encima les gusta)

Para enamorarse nuevamente, la salidera con todas las prospectas es un periodo inevitable, caro y muchas veces sin recompensa.

Es cierto que me divierto y aprendo muchas cosas, pero -siendo honesto- para buscar amistades o para salir al cine, ya tengo con quien.

La salidera puede llegar a convertirse en algo así como un purgatorio.

Es decir, las cosas no están tan mal como en el infierno, pero no llegas a alcanzar la plenitud como en el cielo… y, al final del día, esa situación acaba por desesperar hasta al mismísimo Job.

Lo que sé es que puedo enamorarme nuevamente y eso me tranquiliza… pero eso es otro tema.

Veremos qué me deparan las próximas semanas, meses…

Por lo pronto, a salir, salir, salir, salir, salir, salir, salir…

Votaré en España…

Febrero 23, 2008

…como miles de extranjeros que hemos obtenido la nacionalidad española en los últimos años.

Me parece que seremos 250 mil las personas que votaremos por primera vez en estas elecciones, un número aún pequeño.

En España se hablaba poco de los inmigrantes hasta la irrupción de la precampaña electoral. Ahora el candidato Rajoy lanza la propuesta de un contrato de integración que deben firmar los extranjeros, mismo que ha sido rechazado por el PSOE y por todas las organizaciones de inmigrantes.

Además, ha prometido que por ley no habrá más regularizaciones extraordinarias, entre otras propuestas, cuyo objetivo es mostrar una política de mano dura destinada a movilizar a distintos segmentos del electorado conservador o sin una clara tendencia política, pero que “sufre” con la convivencia de los extranjeros.

A mí me parece que esta apuesta puede costarle caro al PP, no sólo en estas elecciones, sino también en el futuro, ya que es previsible que en los próximos años los “nuevos españoles” nos convirtamos en una minoría con una importante cantidad de votos que puede inclinar la balanza electoral hacia uno u otro lado.

Ya son 5 millones de extranjeros afincados en España. Si en 4 años el 10% obtiene la nacionalidad (algo posible y probable), ese medio millon de votos nuevos pueden ser fundamentales en comunidades como Madrid, Cataluña, Murcia, la C. Valenciana, entre otras.

Personalmente voy a votar al PSOE.

Creo que a la llegada de este partido al poder le debemos el radical cambio que hubo en la percepción de los extranjeros entre los españoles que existía durante el gobierno popular.

El gobierno del PP bajo el mandato de Aznar desperdició una gran oportunidad para sentar las bases de una necesaria integración de los inmigrantes en la sociedad española.

Pero incluso fue más allá. Muchos de sus máximos dirigentes se portaron de manera irresponsable al culpar a los inmigrantes por su mala gestión en temas como la seguridad y los servicios públicos.

Durante la segunda legislatura de Aznar, se instaló en la opinión pública la idea de que los inmigrantes eran los culpables de todos los problemas que aquejaban a España, sobre todo aquellos relativos a la inseguridad ciudadana.

No niego los hechos y entre éstos está que la población de bastantes cárceles españolas es mayoritariamente extranjera. Yo mismo he sido robado por extranjeros.

Pero ni estas malas experiencias me pueden hacer pensar diferente: hoy son necesarias políticas de integración para que los extranjeros no nos sintamos al borde de la sociedad en la que convivimos todos los días.

Y francamente no veo que el PP tenga esta intención, ni la capacidad.

El PSOE no es que esté haciendo mucho en este aspecto, pero por lo menos ha contribuido a quitar la percepción que he mencionado antes y eso no es un asunto menor.

No me considero un votante entusiasta de la izquierda (en México no existe como tal), pero siempre ejerzo mi derecho… y ahora lo hago por partida doble: en México y en España.

Creo que para solucionar las cosas hay que hacer pequeños gestos y votar es uno de ellos, quizás el más importante, y más en estos momentos en los que es posible que el PSOE pierda y vuelva el equipo que ve a los inmigrantes como intrusos y no como lo que somos: ciudadanos con derechos que contribuimos en la creación de riqueza en este país.

Si puedes votar, ¡hazlo!

Si puedes y no lo haces, ¡cállate! No podrás quejarte después porque otros estén decidiendo por ti, en contra de tus intereses.

Daños colaterales

Febrero 17, 2008

Si algo he aprendido a lo largo del tiempo es que para avanzar hay que dejar atrás cosas, personas, países…

Y durante este proceso es inevitable ir dejando un reguero de daños colaterales.

Es decir, personas a las que les hacemos algún tipo de daño con nuestras acciones, incluso cuando sea algo que queramos evitar a cualquier costa.

La vida entraña un proceso de desgaste no sólo físico, sino también psicológico.

Conforme pasa el tiempo cobramos consciencia del impacto de nuestros actos en las personas que nos rodean.

Saber que si hacemos esto o aquello, que si seguimos esta o aquella dirección, que si dejamos de hacer una cosa u otra, puede generar dolor en las personas que nos rodean y sobre todo entre las personas que amamos nos puede llevar al inmovilismo.

No hacer nada, porque lo que podamos hacer puede acabar haciendo daño a los que nos rodean. Se trata de una opción falsa, una alternativa que no nos aporta nada ni nos lleva a ninguna parte.

Analizamos las cosas y nos damos cuenta de que quizás ese paso adelante significa aplastar algo, pasar por encima a alguien, romper el corazón de una persona…

Pero hay que hacerlo.

La moral debe regir nuestras acciones. Es sano dudar sobre lo que continuar con nuestra vida puede significar para los demás. Pensar en que quizás esa decisión puede cambiar tu vida, pero también impactar en la vida de otros.

Pero no nos engañemos. Hay pocas situaciones en las que todos ganamos. La mayoría implica un ganador y un perdedor… y más vale que sea uno el ganador siempre que se pueda.

Ahora mismo me encuentro en esta situación… y creo que he tomado la decisión de seguir adelante, pésele a quien le pese, independientemente del daño que cause.

Quizás pida perdón, pero es que ya estoy harto de pedir permiso.

Workaholics

Febrero 16, 2008

Me encanta mi trabajo. De verdad. Adoro lo que hago y creo que he tenido suerte de encontrar un hueco en el que puedo desarrollar mi carrera profesional.

No considero, como algunas personas que conozco, que mi trabajo sea “alimenticio”. Es decir, que sólo sirve para pagar las facturas.

Todos los días llego a la oficina y tengo un gran humor, porque me gusta mucho mi chamba/curro.

Pero también me encanta mi vida y procuro disfrutar el tiempo libre al máximo.

Algunas veces el tiempo libre lo utilizo para trabajar en cosas que me gustan, pero de verdad que no lo veo como una carga, sino como una experiencia placentera y estimulante.

No, no soy un workaholic. No siento que no pueda dejar de hacer cosas, aunque algunas veces es verdad que no puedo dejar de moverme. En parte es lo que tiene vivir solo: que todo, absolutamente todo te lo tienes que hacer.

Por eso no entiendo a las personas que son auténticas workaholics.

Me parece que la vida en una gran ciudad como en la que vivo tiene sus complicaciones y que si a eso le añadimos el componente personal, el tiempo se convierte en un bien escaso que hay que gestionar con la mayor eficacia.

Creo que el trabajo debe tener un horario que debe ser respetado. Si bien algunas veces es necesario dedicarle más horas, deberá ser por una razón muy poderosa y de manera excepcional.

Por ejemplo, yo nunca respondería un correo electrónico a las 12 de la noche si se trata de un tema que bien puede esperar al día siguiente.

Tampoco enviaría un correo para hacer comentarios absurdos e innecesarios.

No extiendo la reuniones y, de hecho, las evito y prefiero hacer más que decir que voy a hacer.

Evito que la gente que trabaja conmigo se quede más allá del horario. Incluso, más de una vez les he llamado la atención por tener que quedarse demasiado tiempo.

No me fijo en las horas, sino en los resultados.

Si consigues unos buenos resultados en 1 hora, ¿para qué hacer 2 horas de trabajo? Algunas veces hacer más trabajo para obtener una mejoría residual no merece la pena.

Lo que me importa es que el cliente (tanto interno como externo) tenga la percepción correcta del trabajo que realizamos para él/ella.

Si los clientes están contentos, tú tienes que estar contento y aprender a disfrutar de este “triunfo”.

Hay gente que no se relaja ni un minuto y resulta aburrido, pero cuando es tu jef@ puede ser un auténtico coñazo.

Ahora me encuentro con una situación de este estilo.

Una compañera quiere ahora ir de jefa. La conozco poco, pero lo que he escuchado de ella y ahora lo que estoy viviendo me hace presagiar nubarrones.

Me da un poco de penilla, la verdad.

No me siento más que nadie (ni menos, obviamente), pero me da la sensación de que su comportamiento no obedece a alguien segura de sí misma. Al contrario, necesita constantemente estar reafirmando su posición y eso lo único que ocasiona es que la gente no la vea como líder, sino como jefa.

Ser jefe es difícil, pero ser líder lo es aún más.

Ella es muy buena en su trabajo. Buena de verdad. Pero toda la brillantez de sus ideas se ve empañada por su actitud.

Algunas veces me parece que se debe a que ha entrado en una etapa de su vida en que las expectativas personales se reducen día a día y eso hace que busque compensar esas pérdidas por otras vías.

Así las cosas, el trabajo puede parecer una vía de escape aceptable, pero al final se convierte en un espacio en el que la parte personal debe estar atenuada, so pena de complicar las relaciones profesionales.

Yo aprecio a mis compañeros de trabajo y si se convierten en amigos, genial.

Sin embargo, tengo que tener claro que los conocí en un ambiente laboral y, como tal, hay que mantener esa relación. Así es como me he hecho de buenos compañeros y de algún amig@ de verdad.

Me parece que workaholics hay en todos lados. México, España, EEUU…

Me alegra pensar que no soy uno de ell@s… ¿o lo soy?

Hijos

Febrero 9, 2008

Ayer tuve una conversación con una amiga mexicana.

Es curioso que puedas llegar a entenderte tan bien con una persona a la que apenas has visto un par de veces.  Seguro que pasa mucho entre personas de la misma nacionalidad.  Como no hay que explicar todo desde el principio, resulta más fácil el entendimiento.

Sucede que mi amiga está en la disyuntiva de tener hijos con su esposo o seguir con la vida actual que los tiene tan contentos a ambos.

Cuando alcanzas el cenit de la treintena, esta situación se vuelve muy presente.  Tanto a nivel personal, de pareja, como entre familia, amigos y conocidos, todos plantean este tema con más o menos fortuna, sobre todo entre las mujeres, quienes escuchan el tic-tac del reloj biológico.

Para los hombres la situación no es tan apremiante, porque tenemos la suerte de que podemos ser fértiles hasta edades sorprendentemente avanzadas.

Escuchando a mi amiga me daba cuenta de que yo lo tengo más claro que ella.  Yo quiero una familia.  Me gustaría ser padre y me encantaría tener una mujer con quien compartir mi vida. Eso sí, no a cualquiera… por eso sigo con mi búsqueda.

En España, tener hijos puede ser incluso una cuestión de status. Es decir, quien tiene más de dos hijos es porque se lo puede permitir.

Esto sólo se entiende en una generación que más de uno ha dado en llamar de los “Peter Panes”, es decir, una persona con una cierta edad, pero que sigue comportándose de una manera infantil.

Los argumentos para no tener hijos es que son “muy caros”.  Es verdad.  Pero yo me pregunto cómo hizo la generación de nuestros padres para sacarnos adelante.  La respuesta es muy sencilla: con esfuerzo y sacrificios.

Ese esfuerzo y esos sacrificios son los que los españoles de ahora no están dispuestos a hacer.  También hay otras personas que verdaderamente no se lo pueden permitir… pero luego se puede ver a gente verdaderamente pobre teniendo no uno ni dos, sino varios hijos.

Obviamente puedo entender que los jóvenes en la treintena quieran extender su juventud. A quién no le gustaría disfrutar todo el tiempo que fuera posible de una vida llena de placeres y experiencias.

Dicho esto, veo en mi amiga una indecisión y una lucha interna para justificar que no quiera tener hijos.   Es válido y la respeto, faltaría más.

Sin embargo, he visto cómo a otras personas, tanto hombres como mujeres, que se les pasa el tiempo y luego echan de menos haberse atrevido a tener hijos.   Su rostro se apaga y se dan cuenta que sus expectativas de vida han sido colmadas, pero que eso no los hace necesariamente plenos y felices.

No quiero decir que no hayan alcanzado la plenitud y la felicidad, pero hay cada momento de la vida en que hay que tomar ciertos riesgos, hacer algunos sacrificios… y tener un hijo implica un riesgo y muchos sacrificios.

Algunas veces he tenido visiones de futuro sobre algunas personas y he acertado.  Con mi amiga he tenido la visión de que tendrá un hijo este año.  Se lo he dicho y se ha quedado de piedra.  Ella vive esta lucha interna y me ha nacido decirle: “La vida se abrirá paso”.

Espero que, esté equivocado o en lo cierto, la decisión que tome mi amiga sea la mejor para su futuro y que la haga muy feliz.

Vivir en España, Invertir en México

Febrero 2, 2008

Cuando llegué a España tenía la idea de pasar una temporada y volver a México. La idea es que la experiencia en un país extranjero (y más tratándose de uno europeo) mejoraría mi posición de cara a encontrar un mejor trabajo.

Las cosas se dieron de otra manera.

Ahora se me plantea una disyuntiva a la que aún no he podido darle una respuesta concreta. Se trata de seguir viviendo en España y al mismo tiempo invertir en México.

Los precios de la vivienda en España son estúpidamente altos.

No puedo creer que por un piso (casi un zulo) tenga que pagar lo mismo que por un buen departamento en una zona residencial en México.

Y es que el esfuerzo económico que hay que hacer por comprar una vivienda en España no se corresponde con lo que ofrece el mercado. Así las cosas, mi idea es invertir en México para, en un futuro, volver a residir, ya de manera permanente.

España es un país genial, la ciudad en la que vivo es estupenda y estoy muy a gusto con mi trabajo, mis actividades… con mi vida aquí. Pero creo que no es el sitio en el que quiero vivir para siempre.

El México de hoy ya no es el mismo que dejé hace 10 años. Ni mis amigos, ni mi familia, ni el propio país están como hace una década. Mis amigos se han mudado a distintas ciudades, mi familia también está desperdigada y el país ha cambiado, en algunos casos, profundamente. Creo que el cambio ha sido para bien.

Mi México ha desaparecido y ahora hay otro, un país que conozco como propio, pero no como mío.

Aún así creo que hay motivos para apostar por México.

Sé que se trata de un país inseguro, en el que aún no hay seguridad jurídica y la situación social sigue siendo francamente mejorable.

Por desgracia, la asistencia sanitaria es para quien pueda pagarla; las autoridades no realizan políticas públicas al servicio de la mayoría de la población; la impunidad y la corrupción son lacras terribles que retrasan el desarrollo del país.

Pero también hay buenas noticias: una inflación acotada, menos deuda externa, el desarrollo de distintos centros de desarrollo.

Un amigo mexicano que vino hace tiempo a España me dijo que ve que en este momento México tiene una oportunidad histórica para convertirse en una auténtica nación desarrollada o en perderse el tren durante otro largo periodo.

Yo comparto esa idea.

Creo que existe una generación bien preparada que está comenzando a ocupar puestos claves en el gobierno y en las empresas. Gente que sabe que podemos competir frente a cualquier persona en cuanto a preparación, visión, capacidad de trabajo, profesionalidad…

Algunas veces desearía volver a México para contribuir a que el país no pierda esta oportunidad. Como no es una solución viable en este momento, pienso que lo que puedo hacer es una pequeña inversión en el país: comenzar un negocio, hacer una casa…

En fin, hay tantas cosas que hacer.

De las cosas malas que tiene estar en dos lugares, es que -a veces- no estás completamente en ninguno de los dos.