La próxima semana cumplo 10 años de vivir en España. Una década en este país al que llegué con la intención de quedarme apenas 10 meses.
No sé si es cosa de la edad, pero antes los cumpleaños o los aniversarios marcaban los hitos temporales (y mentales) de mi vida. Desde hace tiempo, son los proyectos y su consecución (o fracaso) los que determinan el avance (o estancamiento) de mi vida.
Sé que tengo mucho que agradecer a un montón de personas que se han cruzado en mi camino a lo largo de estos años.
Madrid es una ciudad fantástica en la que he vivido momentos increíbles y que se ha convertido poco a poco en mi ciudad, en mi hogar.
España es un país que me ha permitido un desarrollo intelectual y profesional hasta alcanzar cosas que nunca habría soñado.
También es verdad que en México hubiera tenido oportunidades y que, de hecho, salí en un momento en que mi carrera comenzaba a despegar.
En los últimos diez años, México ha dado un vuelco impresionante y se ha convertido en un país encarrilado hacia la modernidad.
No tendría ningún problema en volver a México y de hecho hay pequeñas decisiones que van en esa dirección, pero eso quizás suceda más adelante.
Pero no es de mi primer país sobre el que estoy escribiendo ahora, sino de la parte de mi vida en el segundo.
Cuando no tenía regularizada mi situación alucinaba el trato que recibía como inmigrante. Según lo que he podido oír, las cosas no han cambiado mucho, independientemente de que haya habido un cambio en el gobierno (aunque hay que reconocer que quien ocupa ahora el poder tiene una idea más o menos aceptable de normalización de la inmigración, cuando el anterior utilizaba al inmigrante como chivo expiatorio de un montón de males -reales o imaginarios-).
Ahora, con el DNI en el bolsillo, me muevo con mayor libertad en un montón de sitios y compruebo eso que de los papeles son un mal invento, algo que lo único que consigue es hacer más pesadas nuestras alforjas personales.
Soy la misma persona, pero en unos lados soy español y en otros soy mexicano.
No creo sufrir ningún problema en cuanto a no saber de dónde soy. Así respondo siempre que me preguntan: soy mexicano y español.
Ahora que se acerca la fecha que marca los primeros 10 años de mi vida en España, me pregunto qué sigue más adelante. Tengo una idea más o menos clara en cuanto a lo que quiero, pero siempre hay que contar con eso que a uno siempre se le escapa… Como diría un personajes de la estupenda película mexicana “Amores Perros”: ¿Quieres hacer reír a Dios? Pues cuéntale tus planes.
La verdad es que quizás sería fácil dejar que algo superior tomara las decisiones por mí, pero me parece que no puedo ser así. Prefiero hacerme cargo del balance de mi vida. Ser por completo responsable de mis pérdidas y de mis ganancias. Porque decidir siempre implica perder algo por cada cosa que se pretende alcanzar y que no siempre se logra.
Estoy contento y satisfecho con lo que he alcanzado en España en estos 10 años, pero, como no soy autoindulgente y resulto ser mi peor crítico, me hacen falta algunas cosas para sentirme plenamente satisfecho.
Me gustaría encontrar a alguien con quien compartir las cosas buenas que me suceden, alguien con quien formar una familia y establecer otro tipo de planes.
Llevo tiempo buscándola y algunas veces creo que no voy a encontrarla.
Alguna vez he cruzado un oceano buscando a esa persona, he luchado contra las evidencias para darle una oportunidad al amor… pero en eso no he salido tan bien parado.
Hasta ahora las chicas españolas han resultado inasibles. Si de por sí eso del ligoteo no se me da nada bien, las claves de seducción de España me resultan indescifrables. Tanto es así que creo que dejaré de intentar descubrir sus secretos.
En fin, que 10 años no son nada y que puedo darme por bien servido de la cosecha.
Quizás sean los 10 años de mi vida más anticlimáticos que nunca hubiera imaginado, pero para eso tengo otros proyectos que establecer, otras metas que alcanzar, otros problemas que superar…
Como sea… ¡Feliz 10º aniversario!