España es un país que, aunque algunos tilden de racista y xenófobo, -para mí- no es tal.
Hay que imaginar que en una década, más o menos el tiempo que llevo en Madrid, la población inmigrante ha pasado de los 400 mil (más o menos) a los 4 millones de personas (3,8 millones oficialmente) .
No conozco con certeza el caso de otros países, pero me parece que la situación española es inédita en cuanto a la manera tan rápida en que los inmigrantes han llegado a ser prácticamente el 10% de la población.
Si bien han habido desgraciados casos de violencia (como el de El Ejido y algunos conatos menos graves en Madrid, Valencia y Cataluña) y en algunas zonas la convivencia es difícil, en general, la integración del inmigrante va ocurriendo, lo que ya es en sí algo positivo.
Esto ocurre incluso a contracorriente de las posturas irresponsables de algunos políticos (incluso cuando estaban en el poder) y líderes de opinión (de hoy y ayer).
Sé que la inmigración no sólo ofrece beneficios (y grandes) a los países de acogida (en España se le debe en esta década el 30% del crecimiento de PIB y el crecimiento de la población después de años de estancamiento o incluso decrecimiento), sino que establece retos de gran calado que deben ser considerados desde ahora para evitar algunos dificultades en el futuro.
Dicho todo esto, algunas veces me entristece ver cómo existen prejuicios de personas formadas y bien informadas en torno a los inmigrantes.
Un bloguero sobre temas inmobiliarios al que respeto hizo una reflexión sobre el posible estallido de la burbuja del ladrillo y sus consecuencias en el mercado de trabajo. En torno a este tema hizo el siguiente comentario:
El problema es que de producirse este paro, lo van a sufrir sobre todo los emigrantes y ellos están peor preparados para soportarlo que los nacionales, pues aparte de tener en conjunto, peor cobertura de la Seguridad Social, nosotros tenemos una familia que ayuda, como ya ayudó en otras ocasiones, cuando la cobertura social es insuficiente o no exista. La solidaridad entre emigrantes, aun existiendo y siendo asombrosamente ejemplar, no llega a tanto como a sustituir la ayuda de los familiares directos, por lo que en muchos casos los emigrantes en paro, solo pueden hacer frente a su problema, con la consecución de ingresos de procedencia irregular, como limosnas, prostitución o robo, claro que tambien tiene el recurso de emigrar otras zonas de Europa en los que aún puedan encontrar trabajo, pues a diferencia de los españoles, no tiene gran araigo al lugar donde habitan.
Según el autor, hay pocas salidas y todas ellas terribles para el inmigrante en paro. Por desgracia, este prejuicio está arraigado entre algunos segmentos de la población española.
Por fortuna, la situación puede ser distinta ya sea por la misma fuerza emprendedora de los inmigrantes, como por las políticas de integración que pueden (y deben) tomar las autoridades, independientemente de su signo político.
Como en todos los casos donde la corriente migratoria es pertinaz e imparable, lo mejor desde cualquier punto de vista es aprovechar las oportunidades, resolver los conflictos y atacar los problemas, aún antes de que éstos se den.
Llegará el momento en el que el ciclo expansionista de la economía española se detenga y será en este periodo de recesión en que la convivencia entre inmigrantes y españoles se pondrá a prueba.
